Era poco después de medianoche de un jueves cuando me llamó el supervisor de producción. La nueva línea de esmaltes acrílicos al agua estaba haciendo tanta espuma que la pintura acabada parecía como si la hubieran batido en una batidora. Las muestras estaban llenas de poros y la cabina de pulverización rechazaba paneles a un ritmo que no habíamos visto en años. Ya habíamos intentado aumentar la dosis de antiespumante de los 0,2 % originales a 0,5 %, pero la espuma no hacía más que empeorar. Aquella noche nos obligó a dejar de tratar la selección del antiespumante como una simple decisión de “añadir un poco más”.